Centros residenciales para personas mayores: ¿De dónde venimos?

Ahora que estamos inmersos en lo que se denomina revisión de los modelos de cuidados de larga duración, creemos conveniente hacer una pausa y recordar la historia de los centros residenciales en nuestro país. Esta revisión nos puede orientar sobre cuáles son los siguientes pasos que debemos dar en el diseño y planificación de los centros residenciales para personas mayores en situación de dependencia y/o vulnerabilidad. Recordar de vez en cuando de dónde venimos, el camino andado y los obstáculos resueltos nos puede dar pistas sobre la dirección a tomar y afianzar o, en caso de ser necesario, corregir el rumbo a seguir.

Pareja de ancianos tomados de la mano

Siglo XV e Ilustración: los orígenes

Hay constancia de que ya en el siglo XV existían asilos. Se trataba de instituciones absolutamente cerradas que, más que para atender a las necesidades de las personas, servían para controlar a determinados grupos de población considerados peligrosos para el resto de la sociedad. Así, el internamiento era el destino de aquellas en situación de vulnerabilidad como podrían ser personas con determinadas enfermedades que podrían causar limitaciones en su funcionalidad o nivel cognitivo, o a las propias personas mayores sin ningún tipo de apoyo familiar o económico.

Es con la llegada de la Ilustración que se produce un cambio significativo: la desacralización de la locura y, en general, de la pobreza. Se entiende que la sociedad y no únicamente la caridad o las diferentes organizaciones religiosas deben prestar ayuda a la persona que lo necesite. En este momento histórico se asimila la miseria con degradación moral y automáticamente se persigue la primera y se interna en centros a todas las personas que, por diferentes motivos, lo necesiten. Además, se produce otro sutil cambio en el objetivo del internamiento. Ahora no se pretende dar únicamente cobijo a estas personas y tenerlas de este modo controladas, sino que se intenta que llenen sus horas y sus años de internamiento con algún tipo de trabajo o actividad productiva, en la medida de sus posibilidades.

Este modelo ha perdurado en nuestro entorno hasta bien entrado el siglo XX. Se trataba de un modelo de atención a personas mayores en situación de fragilidad, vulnerabilidad y/o dependencia basado, casi exclusivamente, en la atención familiar o de las organizaciones religiosas, principalmente asumido por mujeres en ambos entornos. La atención pública se consideraba residual y únicamente actuaba donde la familia no estaba o para tratar de controlar el descontento social con las desigualdades combatiendo el posible auge de políticas e ideas más sociales.

A nivel de clima y valores que imperaban en estos modelos, podemos calificarlos como “instituciones totales” en las que convive un grupo de personas aisladas de la sociedad por un tiempo considerable de vida y cuya rutina está administrada por terceras personas. Así, en ellas los individuos carecían del control de su vida, las decisiones eran tomadas por otras personas y donde se podía observar fácilmente diferentes situaciones de abandono y negligencia. El principal objetivo de estas instituciones, como hemos dicho, era el control y la vigilancia de personas que podrían causar problemas sociales. De estos centros primigenios surge la concepción social negativa de las residencias para mayores que, en determinados casos, aún hoy se mantiene y se aplica a los actuales centros que, como veremos, nada tienen que ver con aquellas primeras experiencias.

Años 70 del siglo XX: el gran cambio

El punto de inflexión que marcará el inicio de la revolución en relación a la atención residencial podríamos marcarlo en la década de los años 70 del siglo XX. Se inicia en estos años la creación de centros residenciales para personas jubiladas con los fondos de contribución directa de la Seguridad Social. Se considera que, después de una vida trabajando duro, estas personas deberían acceder a un lugar en el que se lo den todo hecho. Se abandona el concepto de asilo que había predominado hasta ahora y que, como hemos visto, se asociaba a la atención benéfica de las personas más marginadas de la sociedad; y se adopta, en un primer momento, un modelo hotelero en el que se cubran todas las necesidades dentro de un contexto alternativo a la vida autónoma en el propio domicilio.

Esta concepción inicial cambia rápidamente al constatarse que la esperanza de vida de las personas es elevada. Es por este motivo que pasan a denominarse residencias, ya que las personas tendrían que vivir períodos prolongados de tiempo en ellas. Además, se empiezan a observar nuevas necesidades que precisan de atención especializada. Es aquí cuando se incorporan profesionales específicamente formados para tratar de atender a los usuarios de estos centros y potenciar, en la medida de lo posible, sus capacidades globales y retrasar el deterioro. Así, se ofrecen diferentes tipos de actividades e intervenciones en los centros, tanto lúdicas como sanitarias. A nivel organizativo se promueve la creación de dos tipos de centros: el de “válidos” y el de “asistidos”, el primero para personas sin deterioro y el segundo para personas que precisan de unos cuidados intensos para satisfacer sus necesidades básicas. En ambos modelos se construyen centros enormes con capacidad para varios centenares de personas. Es cierto que el principal cambio a nivel de concepción teórica en los cuidados tiene que ver con el inicio de la conciencia de participación social en el modelo. Dado que estos centros se sostenían con dinero público, se puede considerar que las personas que allí viven son, de alguna manera, sus propietarios y tienen derecho a controlar lo que allí pasa. Así, se potencia la creación de órganos de participación que influyan en la gestión y organización de los centros.

No obstante, esta mayor profesionalización ha seguido significando cuidados en serie. Es decir, la actividad profesional era la misma para todos los usuarios y la individualización ni siquiera se planteaba.

Con la creación del IMSERSO, en 1978, se promueve el desarrollo de este tipo de centros en todo el territorio a nivel estatal. Si bien es cierto que las residencias, tanto las de válidos como las asistidas, están lejísimos de los tenebrosos asilos de principios de siglo XX y que perduraron hasta hace poco, se ha demostrado que tampoco parecen resolver la necesidad de vivir con altos niveles de bienestar y calidad de vida. Estos centros no consiguen ser sustitutos del hogar que las personas usuarias, y la propia sociedad, reconozcan como tales.

En el próximo capítulo hablaremos de los avances en los años 90 y del cambio de paradigma. 

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Escrito para Papyhappy por Raúl Vaca Bermejo, psicogerontólogo.